Las heridas emocionales de la infancia y su impacto en la autoestima

Tabla de contenido

¿Por qué me cuesta tanto quererme? ¿Por qué siento que no soy suficiente, aunque los demás me digan lo contrario? Estas preguntas aparecen con frecuencia en consulta, y muchas veces la raíz no está en el presente, sino en lo vivido mucho antes: en la infancia.

Las heridas emocionales no siempre son visibles, pero dejan una huella profunda. Entenderlas es el primer paso para sanar y, sobre todo, para construir una autoestima más sólida y real.


¿Qué son las heridas emocionales?

Las heridas emocionales son experiencias dolorosas que vivimos en la infancia y que, por lo intensas o por cómo las interpretamos, nos marcaron profundamente. No se trata sólo de lo que nos pasó, sino también de lo que sentimos y cómo lo integramos.

Una misma experiencia puede vivirse de forma distinta por dos niños. Por eso, lo que importa no es tanto “lo que sucedió” sino cómo lo interpretó esa mente infantil, que aún no tenía recursos para gestionar el dolor, la frustración o la soledad.

Estas heridas no desaparecen con el tiempo. Al contrario: si no se trabajan, tienden a perpetuarse y a manifestarse en forma de bloqueos, inseguridades, miedos o relaciones disfuncionales.


Principales heridas emocionales de la infancia

A lo largo de los años, distintos enfoques psicológicos han descrito patrones comunes en las heridas de la infancia. Uno de los más conocidos es el de Lise Bourbeau, que identifica cinco heridas principales. A continuación, las explicamos desde una mirada integradora y realista:

1. Herida de rechazo

Se origina cuando el niño o la niña siente (real o simbólicamente) que no es deseado. Puede deberse a padres ausentes emocionalmente, a rechazos sutiles o explícitos.

Consecuencia: personas con un miedo profundo al abandono, que tienden a desaparecer, a no molestar, y a pensar que no merecen amor por sí mismas.

2. Herida de abandono

Se relaciona con la sensación de estar solo o desprotegido, incluso cuando hay adultos cerca. A veces basta con una figura de apego emocionalmente inaccesible.

Consecuencia: vínculos muy dependientes, dificultad para estar solo, miedo a que el otro se vaya.

3. Herida de humillación

Aparece cuando el niño es criticado, ridiculizado o avergonzado por su cuerpo, emociones o comportamientos.

Consecuencia: adultos que se sienten avergonzados de sí mismos, que se ocultan, y que viven con una voz interna muy dura.

4. Herida de traición

Se forma cuando una figura de confianza rompe una promesa o actúa de forma incoherente, generando desconfianza.

Consecuencia: hipervigilancia, necesidad de control y dificultad para confiar en los demás.

5. Herida de injusticia

Surge en entornos fríos o excesivamente exigentes, donde el niño no siente que se le valore por lo que es, sino por lo que hace.

Consecuencia: perfeccionismo, rigidez, autocontrol extremo y dificultad para mostrar vulnerabilidad.


¿Cómo impactan estas heridas en la autoestima?

Las heridas no sólo duelen, también nos cuentan mentiras. La herida de rechazo nos puede hacer creer que no somos valiosos. La de humillación, que merecemos ser tratados mal. La de abandono, que sin otra persona no podemos estar bien. Y así, poco a poco, vamos construyendo una autoestima dañada.

Algunas señales de que tu autoestima puede estar afectada por heridas emocionales:

  • Tienes un diálogo interno muy crítico.
  • Te cuesta poner límites o decir que no.
  • Buscas validación externa constante.
  • Te comparas con frecuencia y sales perdiendo.
  • Saboteas tus logros o no los reconoces.
  • Toleras relaciones que te hacen daño “por no estar solo/a”.

Estas creencias y conductas no nacieron contigo. Se construyeron. Y lo que se construye… también se puede transformar.


Sanar la herida: de la supervivencia al autocuidado

No se trata de culpar a nuestros padres o cuidadores, sino de entender qué pasó y cómo nos afectó. La mayoría de ellos hicieron lo que supieron o pudieron. Pero eso no quita el impacto que tuvo en nosotros.

Reconocer la herida es el primer paso. El siguiente es empezar a tratarnos con la misma comprensión y cuidado que nos faltó entonces.

¿Cómo se empieza a sanar?

  • Terapia individual: un espacio seguro para comprender tu historia, conectar con tus emociones y empezar a construir una autoestima realista y compasiva. Si estás en Valencia o buscas terapia online, puedes conocer más sobre el proceso aquí.
  • Revisar el diálogo interno: esa voz que te dice que no vales o que deberías hacerlo todo perfecto, ¿de verdad es tuya?
  • Practicar el autocuidado emocional: no sólo es darse un baño o tomarse un día libre. También es aprender a decir “esto no me hace bien” o “merece la pena pedir ayuda”.
  • Establecer límites: poner límites sanos no es egoísmo, es autoestima en acción.
  • Reparenting: un enfoque terapéutico donde tú, desde tu yo adulto, aprendes a darte lo que te faltó: validación, seguridad, contención.

No podemos elegir las heridas, pero sí cómo las cuidamos

Sanar no significa olvidar lo que pasó. Tampoco implica que deje de doler por completo. Pero sí podemos dejar de vivir desde esa herida, desde esa defensa, desde esa culpa.

La autoestima no se encuentra, se construye. Y muchas veces, para construirla, hay que mirar hacia atrás, comprender lo que nos dolió y darnos hoy eso que entonces no tuvimos.

Si sientes que lo que has leído te resuena, si te reconoces en estas heridas, quizá sea el momento de empezar a sanar. En Psicología Monzó podemos acompañarte en ese camino, sin juicios y con todo el respeto que tu historia merece.

Escríbenos o llámanos para pedir tu cita.

¿Quieres recibir consejos y otros tips GRATIS?

Te escribiré poco, pero siempre con algo que merezca la pena leer.

Doy mi consentimiento a ADHARA MONZO CALERO para gestionar mis datos personales y remitirme, por cualquier canal, información relacionada con actividades formativas, proyectos o servicios que el centro desarrolle y que puedan ser de mi interés.